lunes, 8 de junio de 2015

Barcelona A-Z: Albergínia

No recuerdo que las berenjenas me parecieran particularmente interesantes antes de estar en Barcelona. Honestamente era una verdura que no entendía bien (como el chayote). 

Mi primer intento fue en Barcelona, una receta de berenjenas al horno con miel, lima y romero (a que suena bien...) seguí los pasos (según yo) al pie de la letra. Lo que obtuve al final se parecía muy poco a la imagen y sabía abismalmente diferente a lo que me imaginaba. Ante mí una pasta de berenjena, harina, miel, lima y aceite me recordaba porqué decía tanto que cocinar no era lo mío.

Después la existencia de las berenjena empezó a cobrar sentido. La escalivada. Las guarniciones orientales con su berenjena y sus especias. La ensalada marroquí de berenjenas. La berenjena asada con sésamo y aceite.

Intenté algunas cuantas cosas más y aún no "domino" a la berenjena (asumiéndola como un ente mitológico), acepto más bien mi rendición ante ella. La berenjena ahora me sabe a cenas de otoño o de invierno con un rioja de la bodega del Sebastián (justo al lado de mi casa) escuchando a Drexler, Sabina y Jarabe de Palo. Las berenjenas las dejo en las manos expertas de Alba y yo me encargo del guacamole y de tostar el pan.


Las berenjenas me hacen pensar en El Salterio. Un oasis de desierto del sahara en el gótico. Es un rinconcito entre las viejas paredes de la antigua Barcino (la Barcelona romana, pues) que te transporta en tiempo y espacio entre el olor de las especias y las infusiones, los sabores y la mirada serena de la cocinera, una mujer (que viene del desierto del sahara, sí) que prepara uno a uno los platillos en una estufita eléctrica que tiene detrás de la barra con paciencia de quien prepara una cena para sus amigos en casa. 


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