No
recuerdo que las berenjenas me parecieran particularmente interesantes antes de
estar en Barcelona. Honestamente era una verdura que no entendía bien (como el
chayote).
Mi primer intento fue en
Barcelona, una receta de berenjenas al horno con miel, lima y romero (a que
suena bien...) seguí los pasos (según yo) al pie de la letra. Lo que obtuve al
final se parecía muy poco a la imagen y sabía abismalmente diferente a lo que
me imaginaba. Ante mí una pasta de berenjena, harina, miel, lima y aceite me
recordaba porqué decía tanto que cocinar no era lo mío.
Después
la existencia de las berenjena empezó a cobrar sentido. La escalivada. Las
guarniciones orientales con su berenjena y sus especias. La ensalada marroquí
de berenjenas. La berenjena asada con sésamo y aceite.
Intenté
algunas cuantas cosas más y aún no "domino" a la berenjena
(asumiéndola como un ente mitológico), acepto más bien mi rendición ante ella.
La berenjena ahora me sabe a cenas de otoño o de invierno con un rioja de la
bodega del Sebastián (justo al lado de mi casa) escuchando a Drexler, Sabina y
Jarabe de Palo. Las berenjenas las dejo en las manos expertas de Alba y yo me
encargo del guacamole y de tostar el pan.
Las
berenjenas me hacen pensar en El Salterio. Un oasis de desierto del sahara en
el gótico. Es un rinconcito entre las viejas paredes de la antigua Barcino (la
Barcelona romana, pues) que te transporta en tiempo y espacio entre el olor de
las especias y las infusiones, los sabores y la mirada serena de la cocinera,
una mujer (que viene del desierto del sahara, sí) que prepara uno a uno los
platillos en una estufita eléctrica que tiene detrás de la barra con paciencia
de quien prepara una cena para sus amigos en casa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario